Cómo pasé de ser una arpía sin autoestima a una persona amorosa y compasiva | Cristina Pop
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Cómo pasé de ser una arpía sin autoestima a una persona amorosa y compasiva

Era un ser despreciable. Ahora lo tengo claro. No es que hubiese matado a nadie ni que tuviera antecedentes penales. Por fuera parecía una persona ‘random’, con su trabajo, su pareja y sus amigos, pero por dentro estaba hecha mierda y tenía puestos los guantes de boxeo lista para arrearle una bordería al primero que se me cruzara por delante. Así era yo antes de hacer el Máster de Desarrollo Personal y Liderazgo.  

Dirás ‘venga ya, te pagan por hacer publicidad’, a lo que yo te pasaré el teléfono para que le preguntes a mi novio o a mis compañeros de trabajo y especialmente aquellos a los que estrangulaba con mi perfeccionismo. Porque yo era un eneatipo 1 ‘descentradito’, si es que estás familiarizado con el eneagrama, es decir, una persona con una enorme herida de ‘no soy suficiente’ y por lo tanto nada ni nadie era suficientemente bueno para mí.

Tenía cero capacidad de adaptación y sufría con cada mínimo cambio de guión de la vida respecto a lo que había escrito en mis expectativas. Desde lo más pequeño, como que no me habían puesto el café como lo había pedido, hasta lo más grande, como que no me dieran ese o aquel trabajo o mi pareja no hiciera las cosas como yo pensaba que eran correctas. 

Había devorado decenas de libros de espiritualidad

Y mira que yo lo intentaba. Había leído decenas de libros de autoconocimiento y espiritualidad, incluso había escuchado a Borja Vilaseca decir que “la realidad es neutra” y que el sufrimiento me lo provocaba yo misma. Pero lo tenía en la cabeza y no había manera de que pasara de cuello para abajo. Era incapaz de vivir desde ahí, así que me pasaba el día enfadada. 

No puedo decir en qué momento del máster se produjo EL CAMBIO. Ni siquiera si hubo un gran cambio que merezca ser escrito con mayúsculas o muchos pequeños. El caso es que empecé los seminarios como el enfermo terminal que prueba su último tratamiento. Estaba tan harta de mí misma que me bebía cada palabra de los facilitadores como agua en un desierto. Cuando pedían voluntarios para desnudar el alma ante el grupo, yo salía disparada y decía: ‘haz lo que quieras conmigo, no tengo nada que perder’.

Así fueron pasando los meses mientras yo esperaba con ansia que llegara el fin de semana para ver qué parte de mí se iba a resquebrajar esta vez. Poco a poco mis compañeros también fueron poniendo la carne en el asador y nos vimos reflejados los unos en los otros. Entendimos que las miserias humanas estaban en un cuenco del que bebíamos todos. Pero también vimos que el facilitador que a mí me había entusiasmado, al otro le pareció una estafa y la terapia que a uno le había funcionado, al de su derecha le había decepcionado.

Se estaba confirmando eso de que la realidad es la que es y que la interpretación era cosa nuestra. Así que, tal vez —y solo tal vez—, no estaba rodeada de ineptos, como pensaba antes, sino que estaba proyectando en ellos lo que realmente pensaba de mí. Darme cuenta de que mi visión del mundo me mostraba, en realidad, el tamaño del agujero de mi autoestima, fue una bofetada dolorosa que me tumbó. Lo había escuchado, pero esta vez lo entendí en lo más profundo de mi ser y lo experimenté en cada célula de mi cuerpo.

Un día reaccioné diferente a lo de siempre

Por fuera no parecía que me estuviera pasando nada, seguía haciendo el mismo trabajo e iba a un máster el fin de semana. Pero un día, ante un comentario o actitud que antes me hubiera sacado de quicio, reaccioné de otra manera. Sonreí con ternura, le pregunté a quien me había soltado una bordería si estaba bien y si podía ayudarle en algo. Luego, en una típica conversación de amigas en la que se aprovecha para criticar a la que no está, me di cuenta de que estaba incómoda y callada donde antes hubiese lanzado la primera daga.

Estaba experimentando la vida desde otro lugar, cada vez pasaba más tiempo entre enfado y enfado y estos cada vez duraban menos tiempo, porque en seguida me saltaba la alarma del cuestionamiento de creencias: ¿estoy 100% convencida de que me ha humillado y no he sido yo la que he aprovechado sus palabras para conectar con mi inseguridad? ¿seguro que me ha menospreciado al no acudir a la cita y no he sido yo la que ha topado con la ausencia de autoestima ante el cambio de planes? ¿habrá hecho eso para joderme la vida o simplemente tiene sus propios problemas y ni se ha dado cuenta?

Me di cuenta de que lo que sentía debía ser la compasión de la que tanto hablaba la gente. O el AMOR, que me sonaba no sé de qué. Tanto el amor propio como hacia los demás. Era como si poco a poco el agujero de mi autoestima hubiera ido encogiendo y el ogro que veía al mirarme al espejo fuera desapareciendo. 

El Máster entrará en ti lo profundo que tú le dejes

No digo que haya tocado a Dios ni que haya abrazado la paz eterna. Si no te fijas bien, si no me conoces mucho, o si estás metido en tu propia película de terror, podrías pensar que soy exactamente igual que antes. Pero yo me noto por dentro un pequeño gran cambio. Si antes mi vida era un caminar por la montaña en pleno mes de enero, no es que ahora sea un paseo por la playa, sino que tengo unas buenas botas y una chaqueta cortavientos. Así que, ahora que ya no me muero de frío, puedo disfrutar del camino y maravillarme con las vistas. 

¿Que si te recomendaría hacer el Máster de Desarrollo Personal y Liderazgo? Pues, si estás tan harto de ti mismo como lo estaba yo, sí, pero sin olvidar que hay tantas visiones sobre el máster como personas que lo han hecho. Y que también dependerá de lo que tú quieras hacer con la información que se te pondrá delante. Para mí era mi última opción y estaba dispuesta a renunciar a todo lo que era: a mi identidad, a mi educación, a mis creencias, a mis convicciones y a mis miedos. Por eso puedo decir que la Cristina que empezó el máster ya no existe y a la Cristina que soy hoy también renunciaré cuando la vida me ponga delante otra mejor. 

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